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Osbelia Quiroz González, con sus 80 años, es la mayor del Concejo Indígena de Gobierno. Su fortaleza cansa al más ágil. Sorprende subiendo y bajando cerros, poniendo el cuerpo frente a la maquinaria que los despoja de su territorio o dejando el pase libre en la caseta de cobro para difundir sus demandas. “La gacela” le decían a la maestra Osbelia cuando de joven competía en las carreras de atletismo.

Ella es una de las integrantes del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), estructura creada por el Congreso Nacional Indígena (CNI) para visibilizar sus luchas y llamar a la organización de los pueblos, indígenas y no. El CIG está conformado por más de 200 indígenas de todo México, mitad hombres y mitad mujeres. Son producto de la decisión colectiva del V Congreso Nacional Indígena anunciada en diciembre de 2016.

Tepozteca de nacimiento, no hay quien no la conozca en la cabecera del municipio. Es un domingo de noviembre y Osbelia se dirige al plantón que el movimiento mantiene frente a la presidencia municipal en contra de la ampliación de una carretera que los divide y atenta contra su pueblo. Arregla el altar y barre. La policía la observa, y ella ni voltea.

“No tengo miedo a la represión”, dice, segura de sí misma. “Si algún día me detienen, iré al lugar a donde me lleven. No importa que me encarcelen, ahí puedo estar, y si tengo la oportunidad de seguir leyendo, leeré lo que han hecho nuestros antepasados, lo que por derecho nos corresponde: nuestro territorio”.

Pueblo trágico

En los últimos años, la oferta turística ha desbordado la cabecera municipal de Tepoztlán. Hoteles, restaurantes y deportes de aventura se ofrecen para todos los bolsillos. Los fines de semana prácticamente no se puede transitar por el centro y enormes filas de vehículos congestionan las avenidas y las estrechas calles. La derrama económica, sin embargo, no es para los tepoztecos. En 1999 fue declarado uno de los 111 Pueblos Mágicos del país, estatus que, dice Osbelia, “nos ha venido a empobrecer”, y no sólo por el color amarillento con el que homogenizaron las fachadas, “como si tuvieran hepatitis”, sino por la sobreexplotación de sus recursos. “En los pueblos ni siquiera hay drenaje, ni pavimentación ni alumbrado, pero eso sí, las obras de maquillaje son para que venga más turismo, todo para la ganancia de los hoteleros”.

“Nada de mágico”, insiste Osbelia, lo están convirtiendo en “un pueblo trágico”, en el que los tepoztecos “ya no podemos ni siquiera caminar por las aceras, todo está muy caro y nos vamos a comprar nuestro mandado a Yautepec y a Cuautla, que es más barato”.

Contrario a lo que se piensa, los pobladores originales de la antigua Villa de Tepoztlán no viven del turismo. Al contrario, huyen de él. La majestuosidad de sus valles y montañas ha atraído a hoteleros y restauranteros, “pero en su mayoría son de fuera”. El verdadero tepozteco es el maletero, el mesero, el que acomoda los carros, es decir, el que presta sus servicios.

Y como todavía queda riqueza, “como no se lo han llevado todo”, las empresas transnacionales “vienen a terminar el trabajo llegando a las entrañas del territorio, destruyendo a nuestra Madre Tierra con las minas, los gasoductos, las termoeléctricas, con estas plastas de cemento que son las autopistas”.

Cemento por cultivos

El 20 de mayo de 2017, Tepoztlán amaneció con tres mil árboles tirados en la carretera La Pera-Tepoztlán, “un crimen ambiental para el que no tienen permiso”, explica la Concejala. La tala se inscribe en los trabajos de la ampliación de la autopista La Pera-Cuautla, obra “totalmente ilegal que divide a nuestro pueblo, atraviesa nuestros lugares sagrados y arremete contra el medio ambiente”.

“El daño es tremendo”, explica Osbelia, “pues destruyen el medio ambiente en su totalidad”. Se trata de “un negocio carretero y casetero cuyo beneficio es sólo para ellos” y no viene solo, “conlleva mega tiendas y casas como las que acostumbran, pues ya dieron la orden de que pueden destruir las zonas protegidas a perpetuidad”, mientras que al pueblo de Tepoztlán “le toca la contaminación y el ruido de los tráilers”.

El territorio al que afecta esta ampliación es el Parque Nacional El Tepozteco, donde hay zonas protegidas a perpetuidad, y el Corredor Biológico Ajusco-Chichinautzin, el pulmón de México. Este corredor biológico está conformado por ocho municipios: Atlatlahucan, Tlayacapan, Totolapan, Yautepec, Tepoztlán, Huitzilac y Jiutepec.

Para Osbelia la lucha contra la autopista es la lucha por la vida y por ella ha peleado desde hace más de cinco décadas junto a su pueblo.

En estos tiempos, reflexiona esta mujer octogenaria, “se necesita la fuerza de la inteligencia y su fortaleza”, sin descartar al hombre “pero sin que nos descarte a nosotras”. Ella era fuerte desde niña. Todo le ha costado y todo se lo ha ganado. La palabra es lo suyo, platicadora era desde pequeña, cuando caminaba descalza por el rancho de sus abuelos, en Tecmilco.

En la lucha actual contra la ampliación de la autopista, doña Osbelia participa de tiempo completo. “Me apuro a hacer mi quehacer y me voy”, dice, aunque algunos de sus hijos le insisten en que “ya está grande y es peligroso”. Ella responde que sólo tiene 80 años y que además no hay problema, pues “los compañeros de los Frentes me han dado muy buena acogida en una lucha que empezaron los jóvenes”. Ahora, dice, los del movimiento son también su familia.

El cambio, profundiza, “se hará con la unión de todos los pueblos, no nada más de los originarios, sino también con los de las ciudades. Aquí no habrá una ciudad que quede excluida, estamos invitando a que todos caminemos unidos porque sólo así se va a lograr nuestro objetivo, que no es otro que derrocar a estos malvados que están ocupando el poder”. Osbelia insiste en que “a ellos ya se les acabó el tiempo. Que eso les quede muy claro. Viene el tiempo de los pueblos, que florezcan totalmente, y que la vida sea para todos buena”.

Osbelia no para. Dio clases durante más de 30 años, y se nota. De mente extraordinariamente ágil, hilvana la propuesta del CIG de manera didáctica. “El cambio lo haremos paso a paso, con inteligencia y preparación”, dice convencida. Y, ante un grupo de comuneros, esboza el plan de acción: “Tenemos que llegar a cada pueblo y escuchar las luchas, las tristezas, los gozos que han tenido, explicar que las luchas se ganan con unidad”.

De la resistencia, explica, “estamos pasando a la etapa de caminar, de dar pasos firmes para, poco a poco, ir arrancando la maldad metida en los que nos representan”. Va a costar trabajo, confirma, “no será fácil”, y por eso “tenemos que ser sensatos, inteligentes, nos van a poner emboscadas y no sé qué tantas cosas más estén tramando, pero nosotros con claridad, con certeza, firmeza y fortaleza, iremos avanzando”.

Envuelta en su rebozo negro, de falda larga y blusa bordada con flores multicolores, Osbelia Quiroz se declara, como su pueblo, en resistencia. “Nadie nos va a decir lo que debemos de hacer. Nosotros sabemos lo que es bueno y dignamente entregamos nuestra existencia. Nos estamos organizando y paso a paso vamos caminando con los pueblos originarios de este país que se llama México”, finaliza.

Por Gloria Muñoz Ramírez
Fotos: Miguel Tovar y Oleg Yasinsky
Fuente: https://floreseneldesierto.desinformemonos.org/
Fecha: 11/2/2019

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