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El Centro de las Artes Indígenas de Veracruz, celebró el ser reconocido como un modelo de preservación y legado de una cultura ancestral, basado en la reflexión, el diálogo y la interacción de saberes

Muy pocas culturas en el mundo han conseguido cuatro reconocimientos de Naciones Unidas; en México, sólo una: la totonaca, en Veracruz. No es poca cosa para una cultura siempre sometida, poco conocida, o vista de soslayo por su alianza con los conquistadores españoles, y de cuyo gentilicio, dicen, proviene la palabra despectiva “naco”.

En 1992, su ciudad prehispánica Tajín fue inscripta en la lista de Patrimonio Mundial; en 2009, la UNESCO declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad la Ceremonia Ritual de los Voladores de Papantla; hace tres años, la Convención de Salvaguardia del Patrimonio Cultural valoró el trabajo que realizan los totonacos a través del Centro de las Artes Indígenas (CAI) y les colocó en la lista de Mejores Prácticas para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural; y este año, apenas hace unas semanas, Tajín, junto con ocho ciudades prehispánicas de México, recibió el Escudo Azul y quedó inscripta en el Registro Internacional de Bienes Culturales bajo Protección Especial de la ONU, en caso de guerra o desastre natural.

Hace unos días, el Centro de las Artes Indígenas, (Xtaxkgakget Makgkaxtlawana, en lengua totonaca) situado en Parque Takilhsukut, en Papantla, Veracruz, celebró con plegarias, cantos, humo de copal y una exposición-instalación los primeros nueve años de su creación y el tercer aniversario de esa distinción otorgada por la UNESCO en la que se le reconoce como un modelo único en el mundo de preservación, salvaguardia y legado de una cultura ancestral, basado en la reflexión, el diálogo, la interacción de saberes y el retorno de ese conocimiento a las comunidades indígenas.

Sueños que se cruzaron

Salomón Bazbaz Lapidus, director general de Cumbre Tajín y uno de los impulsores de este proyecto, explica que la idea del CAI surgió hace 15 años, cuando organizaba por primera vez Cumbre Tajín, como consecuencia de querer mostrar al mundo la cultura totonaca y atraer turismo y derrame económico a la región.

El sueño de un grupo de mexicanos orgullosos de la cultura prehispánica del Totonacapan, como Salomón Bazbaz, Eneida Hernández, Francisco Acosta, entre muchos otros, se cruzó con otro sueño: el de don Juan Simbrón Méndez, gobernador tradicional del pueblo totonaco, fallecido este 2015 a los 99 años, quien soñaba con una escuela para enseñar las artes y los oficios propios de su cultura a los niños y niñas que ya habían perdido la lengua materna y cuya identidad totonaca estaba en riesgo.

En el 2006, esa unión de anhelos y de esfuerzos salvó de la extinción inminente una manifestación cultural y “cristalizó en una institución pionera en México dedicada a la formación integral de los pueblos originarios, mediante un modelo educativo que condensa conceptos, conocimientos y maneras propias de estar y actuar en el mundo”, dice Bazbaz.

Cada totonaco una estrella

En la tradición totonaca cada niño o niña trae, al nacer, una estrella, una luz, un don. Las parteras son capaces de leer ese destino en la placenta y ayudar a los padres a realizarlo. Ser fiel a ese don, cultivarlo y aprenderlo a la perfección es lo que da sentido a la vida de un totonaco, y lo que le permitirá ser feliz y hará de él o ella una mejor persona. “Es aprender el arte del buen vivir”, revela Francisco Acosta, director del CAI.

En eso consiste la pedagogía de los totonacos: aprender las artes no sólo se refiere a la música, la pintura, la danza o el teatro, sino también al arte del vuelo; a la salud, al cuidado de la Tierra, a cultivar la palabra, al tejido, a la alfarería, a la cocina tradicional; todo, desde la matriz espiritual de su cultura y su relación con la naturaleza.

Para salvaguardar esta tradición, el CAI se organiza en 16 casas-escuela, teniendo como eje el Kantiyán (Casa de los Abuelos), un espacio sagrado donde los estudiantes adquieren los valores esenciales totonacos y desde donde 12 abuelos miembros de un consejo cumplen la misión de fortalecer la raíz de la cultura y cuidar que la enseñanza sea auténtica.

Francisco Acosta explica que actualmente el papel vidente de las parteras ha sido sustituido por el Consejo de Abuelos, ya que la mayoría de los niños nacen en clínicas de salud oficiales, y son ellos quienes analizan a los candidatos a ingresar a las escuelas y les ayudan a encontrar su don para inscribirlos en la que les corresponde.

Así, mediante un proceso de selección y diálogo, los niños y jóvenes pasarán a formar parte de una de las casas-escuelas, que puede ser la Casa de la Palabra Florida, donde se aprende la palabra que guía, orienta y anima a la comunidad; Casa del Arte de Sanar, donde se enseña medicina tradicional y se dialoga con la medicina moderna; Casa Mundo de Algodón, donde se aprende el cultivo, el hilado y el tejido de esta planta, así como su pigmentación; Casa de la Alfarería Tradicional, donde se aprende el oficio al modo antiguo y también nuevas técnicas de cerámica moderna que han maravillado a los visitantes del Museo del Vaticano o del Museo Británico.

También están las casas de la Danzas Tradicionales y la Escuela de los Niños Voladores, donde el niño José David Becerra, junto a otros, aprende el arte de volar, y sueña con heredar esta tradición a futuras generaciones.El objetivo es pasar la tradición, oficio o conocimiento a los hijos y éstos a sus hijos, para que no se pierda.

De igual manera, están las casas de la Música, el Teatro, la Cocina Tradicional, y de las Pinturas, donde se propone recuperar los colores, extrayendo las esencias del medio natural y enseñando su aplicación en textiles, cerámica, madera, piedra, murales.

La Casa del Corazón de la Madera o de la Carpintería, donde se aprende que antes de arrancar un árbol y partirlo, hay que pedirle permiso para que el árbol rinda buen fruto en los instrumentos que se harán con él; Casa del Turismo Comunitario, que propone y enseña una práctica no depredadora y sustentable de visitar los sitios prehispánicos y convivir armónicamente con la naturaleza; y la Casa de los Medios de Comunicación, donde se aprende a usar las herramientas de la fotografía, el video y la radio, y a aprovechar las nuevas tecnologías para hacer conciencia y crear cultura.

Modelo de salvaguardia

Actualmente, el CAI recibe cada semana a más de 1,000 alumnos de diferentes comunidades de la región totonaca y sus aportaciones se extienden a otros sitios como las regiones de la Huasteca y Zongolica (en Veracruz), la zona maya (sureste de México) e incluso a otros países, como Chile.

Este modelo educativo, reconocido por la UNESCO como Mejor Práctica de Salvaguardia, está concebido como un modelo no de rescate, sino de regeneración cultural, afirma el director Francisco Acosta, “porque los saberes provienen de las propias comunidades totonacas, de su raíz ancestral y son ellos, los totonacas, quienes vienen aquí a compartir lo que aprendieron de sus abuelos y al mismo tiempo a enseñarlo a las futuras generaciones”.

De tal suerte que luego de un proceso de reflexión, estudio y diálogo desde la lengua totonaca, esos saberes regresan fortalecidos a las comunidades, afirma Eneida Hernández, coordinadora académica del CAI.

Los dirigentes dicen que el sueño de don Juan Simbrón es fruto de muchos esfuerzos y apoyos que han recibido en estos nueve años: el DIF estatal de Veracruz, que paga una parte de su nómina; la Dirección de Patrimonio Mundial del INAH, que ha acompañado y asesorado el proceso de inscripción en las listas de la UNESCO; la Cumbre Tajín, que destina sus ganancias a la conservación y operación del Parque Takilhsukut, un predio de 17 hectáreas donde además de las casas-escuela del CAI se asientan otras instalaciones que dan cobijo anualmente a la Cumbre Tajín, que proyecta la cultura totonaca al mundo.

El arte del volador

Con el permiso de Kiwigolo, dios del monte, y de la Madre Tierra, cuatro danzantes voladores, y un caporal que hace las funciones de sacerdote, ascienden hasta la cima del palo volador, de entre 18 y 20 metros de altura, y se colocan sobre un cuadro giratorio en dirección a los cuatro puntos cardinales. El caporal, al centro de la plataforma que remata el mástil, marca el rito de la danza al ritmo del flautín y el tambor. Desde la cúspide, los voladores se lanzan al vacío, sujetados de la cintura y los pies por largas cuerdas que van desenrollándose, haciendo descender paulatinamente hasta el suelo a los hombres-pájaro, simbolizando la caída de la lluvia.

Es la danza de la fertilidad, explica Cruz Ramírez Vega, maestro volador y coordinador de la Escuela de Niños Voladores totonacos del CAI; un ritual que representa —dice— una plegaria al Sol para propiciar el buen temporal, y para armonizar el mundo celeste con el terrenal.

Con 35 años practicando el vuelo, Cruz Ramírez explica que esta danza ritual se practicaba en la antigüedad sólo una vez al año, para preparar la siembra del maíz; entonces los hombres iban al monte y, luego de pedir permiso al dios, seleccionaban el árbol más alto, más robusto y más fuerte para utilizarlo como palo volador. En la actualidad, esta ceremonia del corte y arrastre del palo precede al vuelo ritual, que ahora también se realiza a menudo en las fiestas patronales de los pueblos a donde son invitados, incluso en ciudades fuera de México, para llevar un mensaje de amistad y de paz y promover la cultura totonaca.

Cruz Ramírez ha realizado vuelos en Barcelona, Londres, París, Quito, Nueva York, Sidney, Roma, Jerusalén, Viena y Abu Dhabi; a esta última ciudad acudió en 2009 cuando se declaró esta danza Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En la escuela que dirige, actualmente hay 40 niños de entre ocho y 14 años, instruidos por 10 maestros.

Fuente: http://eleconomista.com.mx/
Fecha: 28/10/2015

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