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Un grupo de poetas y editores urbanos realizaron un intercambio con una comunidad wichí de Santa Victoria 2, cerca de la frontera con Bolivia y Paraguay. Fueron diez días de intensa convivencia en los que dieron forma a un libro de poemas bilingüe, que tiene a la naturaleza como eje inspirador. Hablamos con Celeste Diéguez, una de sus impulsoras.

Todo nació a partir de un reencuentro en Rosario, en 2018, durante un festival de poesía. Hacía años que Celeste Diéguez, poeta, editora y tallerista literaria, no veía a sus amigos Ricardo Piña y Verónica Ardanaz, poetas y editoras radicadas en la provincia de Salta. En esa ocasión, Verónica le contó a Celeste del fuerte vínculo que desde hace casi dos décadas la unía con una comunidad Wichí en Santa Victoria 2, localidad cercana a la frontera tripartita con Bolivia y Paraguay.

“Me dijo que debería ir a conocerlos, que me iba a encantar charlar con ellos y que estaría bueno armar una movida en conjunto”, recuerda Diéguez en diálogo con Pulso Noticias. No obstante, lo que en un principio parecía ser una lejana fantasía, poco a poco fue tomando fuerza. Animados por las “Becas Creación 2019” que el Fondo Nacional de las Artes ofrecía, Celeste y compañía decidieron armaron un proyecto de intercambio. Antes, claro, hubo que consultarlo con los caciques y chamanes de la comunidad, Tischil y Lutsej Mendoza. Cuando les comentaron la idea, quedaron muy entusiasmados: “Les dijimos de hacer un taller intercultural, en el que ellos participen activamente, y que de esa movida decantara un libro”.

Enviaron la solicitud y a las pocas semanas llegó la confirmación de su aprobación, que fue doblemente positiva. Es que además del proyecto principal ganaron otro financiamiento para que la comunidad creara su propia editorial y, a partir de ella, publicara futuros contenidos.

Así fue que, a fines de 2019, Diéguez, Piña y Ardanaz viajaron al Chaco Salteño y se encontraron con Katés Mendoza, Karina Mendoza, Candela Mendoza, Evita Georgina Mendoza, Hokinaj Mendoza y Sebastián Mendoza, las integrantes de la comunidad Wichí que se sumaron al desafío de expresar, a través de la palabra escrita, lo que viven y sienten.

Fueron diez días intensos, de fuerte interacción, en los que todas pescaron juntos en el Río Pilcomayo, compartieron comidas, intercambiaron historias y, por supuesto, le dieron forma al proyecto literario que tenían en común. Cada vez que puede, Celeste no pierde oportunidad de dejar en claro que el acercamiento a la comunidad no se trató de una misión evangelizadora sino de una experiencia de la que ambas partes se retroalimentaron.

“La idea nunca fue pensar esta experiencia como un objeto de estudio o una cosa exótica. Hubo en verdad un trabajo en paridad con ellos. Nosotras pusimos a su disposición nuestras herramientas, ellos se apropiaron de aquellas que les servían y así tomaron sus propias decisiones en cuanto al contenido. Fue un intercambio poético”, insiste.

— ¿Cómo se dio ese proceso y cómo lo tomaron ellas?
—En el taller hablamos sobre que no era necesario explicar todo, que uno a veces puede jugar con imágenes, con palabras, con metáforas. Tratamos de apuntar a eso. Lo entendieron velozmente porque su lenguaje ya de por sí es muy poético. Ellos hablan y piensan así. Los sueños, por ejemplo, son parte de su información cotidiana. Trabajan con sus memorias ancestrales, hablan con los animales, escuchan los mensajes de los pájaros… Entonces, todo lo que producían entraba rápidamente en consonancia con la palabra poética. Además, tomaron este desafío como una posibilidad concreta de contribuir a que su lengua persista. Hay mucho peligro de que las lenguas ancestrales se pierdan y por eso una herramienta de este tipo es perfecta para que su palabra se distribuya, circule y no muera, más allá de las generaciones.

Naturalmente, de ese ida y vuelta también surgió el tema del libro. No había nada más movilizante e inspirador para la comunidad de Santa Victoria 2 que escribir sobre la madre naturaleza, es decir, sobre ellos mismos. A partir de este disparador, fueron dándole forma a un compilado de poesía bilingüe wichi-castellano al que titularon LHÄ WATSANCHEYÄJ o Nuestra naturaleza verde sostenida, publicado en agosto pasado.

— ¿Qué ideas, conceptos o puntos de vista confluyeron a la hora de elegir este título?
—La cosmogonía wichí y la de los pueblos originarios en general tiene que ver con que no se piensan a sí mismos separados de la naturaleza, sino como parte de ella. Son la tierra, son los animales, son los árboles. Todo está integrado. No como nosotros, las culturas más occidentales, que lo vemos como algo separado y solemos decir “voy a la naturaleza” o “me encanta la naturaleza”. Lhä Watsancheyäj remite a esa idea de la naturaleza interna y espiritual del ser humano, que está en constante relación con todo lo que lo rodea. Algo que a lo largo de la vida va floreciendo y hay que sostener. Es un concepto súper ecológico y holístico. Ancestral pero, a la vez, de vanguardia.

En los poemas del libro queda plasmada la preocupación -que no solo atraviesa a los wichis salteños, sino a muchos pueblos originarios del país y de Latinoamérica- por los voraces desmontes y el avance de los campos de cultivo, situación que los va dejando cada vez con menos territorio. También la matanza de animales en la zona -y la consiguiente huída de los que aún están con vida- es otra de las realidades que se cuentan en estas páginas.

Un diálogo poético entre el wichí y el español

La traducción de los poemas del wichí al español y viceversa estuvo mayormente supervisada por la gente de la comunidad, ya que manejan las dos lenguas a la perfección. De hecho, algunas de las poetas participantes se desempeñan actualmente como docentes en escuelas de la zona, contribuyendo a que su lengua madre se mantenga viva.

A propósito de cómo fue ese proceso, Diéguez cuenta: “Ellos nos ayudaron a traducir nuestros poemas e hicieron lo propio con los suyos.

Ahí notás las equivalencias y las diferencias entre los dos idiomas y también lo difícil que es traducir poesía; cómo lograr los efectos deseados o cómo captar lo que nosotros habíamos escrito. Le dan mucha importancia al léxico, son muy sofisticados, pese a que aún tienen ciertas dudas sobre cómo escribir determinada palabra para que suene como ellos quieren. Eso tiene que ver con que el concepto de escritura en su lengua es relativamente nuevo para ellos y todavía están tomando decisiones al respecto. Siempre se dice que el español es una lengua super rica: te puedo asegurar que la wichí es tres veces más compleja, rica y cargada de sentido. Fue un verdadero flash experimentar eso”.

Quien quiera hacerse de un ejemplar de LHÄ WATSANCHEYÄJ o Nuestra naturaleza verde sostenida solo debe escribir a la página de Facebook de Ediciones del Centro Cultural Tewok, sello que se define como “la primera editorial del pueblo originario wichí, autogestionada y cartonera”. Esta fue posible gracias al financiamiento del Fondo Nacional de las Artes y del -no menos importante- asesoramiento de Ricardo Piña, quien tiempo atrás formó parte de la editorial porteña Eloísa Cartonera, pionera en la edición de libros con tapas de cartón comprado a recolectores informales. Todo el dinero recaudado por la venta de ejemplares será destinado íntegramente a la comunidad a fin de que pueda concretar futuros proyectos literarios.

Las cosas no son nada fáciles para la comunidad wichi de Santa Victoria 2, donde las adversidades muchas veces prevalecen. Hubiese sido de lo más normal entonces que utilizaran esta experiencia literaria para repartir culpas por las injusticias vividas. Pero no. La postura tomada fue otra: mejor tender puentes.

Celeste, en su balance personal, lo resume perfectamente: “Este tipo de viajes te cambian la vida y la perspectiva de un montón de cosas. No puede soslayarse que los pueblos originarios tienen un montón de necesidades, porque han sido y son víctimas de un genocidio, de un exterminio lento, solapado, que los va a dejando afuera del sistema. Sufren muchísima discriminación, estafas u olvido de parte de los gobiernos. La deuda con ellos es enorme. Pero este proyecto hace hincapié en la riqueza de estos pueblos, no material, porque están muy empobrecidos, sino desde la sabiduría. Una los escucha hablar y reconoce todo ese conocimiento ancestral que tienen del territorio. Con este libro hay una voluntad de encuentro, comunicación e intercambio. No es un proyecto que haga hincapié en lo que falta, sino en la posibilidad de conectar desde la igualdad de ser todos seres humanos e hijos de la tierra”.

Por Lautaro Castro
Fuente: https://pulsonoticias.com.ar/105486/lha-watsancheyaj-poesia/
Fecha: 15/12/2021

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