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Cinco relatos sobre la tradición oral del pueblo Rrom (Gitano) de Colombia, en los que se recogen rastros y rostros de trayectorias biográficas, las cuales abarcan un período de 75 años.

Los relatos hacen parte de un libro y un CD bilingües que fueron producto de un proceso de investigación sobre la recuperación de la tradición oral llevado a cabo por PRORROM

Jorge Eliécer Gaitán Y Los Rro,

Por: Butsulemijhais

Les cuento que yo conocí a Bogotá cuando aún tenía grandes extensiones de potrero. Fontibón, por ejemplo, era apenas un caserío. En esa época los Rrom nos reuníamos como ahora lo hacemos: para contar historias, alegrarnos colectivamente y hacer nuestras fiestas. Por entonces, recuerdo, había mucha agitación política. El único político de aquella época que nos gustaba a los Rrom era Jorge Eliécer Gaitán, quien terminó volviéndose muy amigo de nuestro pueblo.

Jorge Eliécer Gaitán veía nuestras carpas e inmediatamente se acercaba, nos visitaba y compartía momentos de juego y conversación. Participó de algunas de nuestras fiestas tradicionales. Llegó a encariñarse con nosotros. Le gustaban mucho los coloridos vestidos de nuestras mujeres y disfrutaba de nuestra música. Admiraba nuestra particular forma de vida, de la manera como vivíamos, libres como el viento y no apegados a nada. Él solía tener largas conversaciones con mis padres y abuelos. Escuchaba con especial atención las historias de nuestros múltiples e interminables viajes.

Cuando aún hoy en día escuchamos hablar de Jorge Eliécer Gaitán, nos embarga una gran nostalgia, pues de los gadyé con los que llegamos a compartir fue quien siempre nos valoró y nos trató con profundo respeto, razón por la cual lo tenemos en alta consideración. Él siempre estará en nuestro pensamiento porque supo vernos con otros ojos.

La Niña Y La Luna,

Por: Kalímijhais

En una familia Rrom había una pequeña niña de tres años de edad y a quien le encantaba en momentos de descuido salir por las noches a ver las estrellas y también golpear con una cantinita el agua del riachuelo que estaba a un lado de donde teníamos el campamento. Ella tenía por nombre Kalí y a sus padres y hermanos les molestaba lo que ella hacía. Sin embargo, le toleraban hasta cierto punto este comportamiento por el amor que le tenían. La carpa al no tener ningún obstáculo, ya que carecía de puertas y ventanas y tampoco tenían al interior divisiones físicas le facilitaba a la niña su singular actuar. Todos sabíamos donde quedaba en la carpa el lugar donde dormiríamos, donde nos reuniríamos y donde cocinar y demás actividades domésticas rutinarias. Me acuerdo aún que para dormir colgábamos unos toldillos muy coloridos y separados unos de otros.

Kalí al menor descuido se salía de la carpa y preferentemente en las noches de luna llena caminaba por la hierba mojada, miraba las estrellas, jugaba entre los árboles y corría entre las piedras: era todo un ritual. Así hacía siempre. Una noche cualquiera sus padres y hermanos estaban inmersos en un espeso sueño y como era costumbre la niña salió a ver el firmamento. Su madre en el sueño sentía que Kalí estaba en peligro y en un cerrar y abrir de ojos se levantó del colchón de plumas de pato con los ojos desorbitados por la angustia, gritando “Kalío, Kalío, Kalío”… Aquella algarabía puso en alerta a toda la familia.

De inmediato fueron a ver el toldillo donde ella dormía y al percatarse que no estaba, los gritos de “pobrecita mi Kalí” se escucharon no sólo en todo el campamento sino en el pueblo entero. Rápidamente salieron de la carpa y como sabuesos empezaron a buscarla, dividiéndose en varias direcciones. Después de una intensa búsqueda, la madre la encontró tiritando de frío en unas piedras río abajo. Su madre la abrazó y le beso la frente; de inmediato la cubrió con una mantilla de lana, la llevó a la carpa y la metió en su toldillo nuevamente. La niña durmió todo lo que quedó de la noche.

A raíz de esto la madre, en un acto preventivo, le puso una pequeña cinta en el pie derecho cada vez que la acostaba, con el propósito de detectar qué momento en que la niña quisiera salir de la carpa. La niña se dio cuenta que esto le impediría volver a ver la noche, mirar el firmamento y recorrer el río saltando entre sus piedras. Y pensó: “la manera más fácil de superar este control es soltarme la cinta mientras mis padres y hermanos estén profundamente dormidos y, sobre todo, no dando ninguna señal de ello”.

Así, y sin que nadie lo notara, salió sigilosamente en la noche rumbo al río. La mamá en ningún momento se dio por enterada. Las horas transcurrieron y la noche se fue adentrando. La niña, que en esta ocasión no se fue muy lejos del campamento, empezó a cantarle a la Luna y a arrullar a las piedras. Su madre al oír su voz rápidamente se levantó, al tiempo que despertaba al padre y hermanos de la niña. Al ver aquello todos dijeron al tiempo: “Kalí tiene metido el Diablo”. Al día siguiente toda la kumpania se reunió y concluyó que había que hacerle una limpieza que le alejara los malos mulés(espíritus). La kumpania hizo los rezos y conjuros de rigor y, sin embargo, la niña siguió por las noches visitando el río y las piedras.

El tiempo transcurrió y a los veinte años Kalí seguía haciendo lo mismo, sólo que ahora no vivía en la carpa ni salía de la para ver las estrellas. Ahora lo hacía ubicándose junto a la ventana de su casa. Ante esto su familia seguía pensando lo mismo: que ella estaba poseída por el Diablo. Un día su abuelo agobiado por lo que le ocurría a su nieta decidió llevarla dónde un amigo gadyó médico, quien dictamino que Kalí no tenía ningún Diablo metido en el alma: ella lo único que tenía era sonambulismo.

Llevando El Cine,

Por: Kolyamijhais

Resulta que hace unos cuarenta años o cincuenta años atrás, cuando los Rromtra bajaban el cobre, negociaban con los caballos y su espíritu de libertad los impulsaba a recorrer el mundo entero, hubo un Rrommuy inteligente y recursivo que decidió que además de trabajar con las ollas de cobre y los caballos se podía aprovechar la carpa para convertirla en cine itinerante. De esta manera este Rromse ganaba la vida de pueblo en pueblo proyectando las películas mexicanas que estaban tan de moda y que a él tanto le gustaban. Con el cine llegó hasta La Guajira donde le hizo varias presentaciones a los Wayúu.

Cuando los Rrom por la inseguridad no podían recorrer el país como lo habían hecho antes, decidieron instalarse temporalmente en pueblos y ciudades y el Rrom que tanto amaba el cine, lo difundida en diversos lugares y ganaba dinero, decidió continuar con su sala de cine en el barrio Puente Aranda de Bogotá, un barrio que se convirtió en uno de los tradicionales de los Rrom.

Con el paso del tiempo y entre más se urbanizó y más se hizo violento el país, este Rrom dejó de proyectar sus películas en los pueblos y así otras imágenes que tanto le gustaban empezaron a convertirse en fugaces recuerdos; recuerdos que hoy invaden su memoria y también la de miles de colombianos y colombianas que gracias al ingenio de un Rrom conocieron y vieron cine por primera vez en sus pueblos.

Historia De Nuestra Familia,

Por: Tosa Ghusso

Mi mamá era originaria de Grecia; nació en la mítica isla de Corfú. Mi papá era de Rusia, específicamente de Moscú. Mi mamá contaba con trece años de edad cuando conoció a mi papá, quien para entonces solo tenía nueve años. Mi mamá nunca aprendió a hablar bien el español, hablaba puro griego y rromanés. Mi papá murió de cincuenta años y mi mamá de setenta y cuatro.

Mis padres me contaron que los Rrom durante la Segunda Guerra Mundial, tomaron a sus hijos y para protegerlos los metían escondidos en trenes. Así fueron de un lado para otro huyendo de las persecuciones y matanzas de los nazis. Mis padres recorrieron en esos trenes muchos países de Europa antes de llegar a Colombia. Ellos fueron algunos de los jóvenes que no mató Adolfo Hitler. Ya aquí tuvieron muchos hijos. Todos mis hermanos son colombianos y yo también lo soy y me identifico como Rrom y como colombiano.

Las historias de nuestros padres son muy tristes y desoladoras. Pobrecitos ellos. Mucho miedo tuvieron que sentir en aquella Europa en la que se perseguía a los Rrom y que aún hoy, con refinados métodos, continúa persiguiéndolos. Mis hermanos mayores se saben toda la historia de persecución que vivieron mis padres a finales de la década de los treinta y mediados de la década de los cuarenta del pasado siglo XX. Yo era muy pequeño y apenas me acuerdo de algunas cosas que les escuché a mis padres. Yo hoy cuento esto para no seguir estando preso de la desmemoria, del frío olvido. Mi hermano mayor nació en Bogotá, el segundo nació en Barranquilla, el tercero nació en Ibagué, justo el 9 de abril de 1948, el día del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán; el otro nació en algún pueblo de Santander y yo nací en Manizales. Conozco toda Colombia, menos la ciudad donde nací.

Mi madre me contó que por la época en que yo nací fue reina del Reinado de Belleza de Cartagena, Luz Marina Zuluaga. Ella estuvo en el campamento, me alzó, me tuvo entre sus brazos y me regaló un chaleco con su firma. Yo, durante muchos años, conservé ese chaleco como el bien más preciado, nunca se me quedó en ninguna de mis frecuentes correrías. Extrañamente hace poco tiempo desapareció de la sala donde lo tenía colgado. Sin duda es muy probable que a alguien le gustara por el símbolo que representaba y no pudo ceder a la tentación de llevárselo. He perdido mi chaleco, mi chaleco he perdido, alguien se lo llevó y no lo trajo más. Yo estuve muy triste por la pérdida, pero más me ha dolido las pérdidas de mi madre y de mi padre. Siempre los recuerdo y ahora que estoy bastante mayor, mucho más.

Dentro de la galería de recuerdos que ahora me visitan, traigo a colación el recuerdo de mi hermano mayor. Él era una persona muy fuerte e inteligente, justa y bondadosa. Él por su espíritu frente al trabajo llegó a tener un reconocimiento y una estima muy alta en todas las kumpeniyi donde vivió, tanto así que lo llamaban siempre para convocar la Kriss, tribunal que hace parte de nuestro derecho propio. Sí no se encontraba en la ciudad, lo buscaban como fuera y si no tenía dinero para ir, se lo enviaban con tal de que pudiera garantizar su presencia en la referida Kriss. Él tenía una habilidad inigualable para buscar acuerdos y para recomponer las relaciones, asunto básico en cualquier sociedad y más entre los Rrom, si se quiere vivir en paz. Era tanto el reconocimiento que se le tenía a mi hermano por sus acciones que, en varias ocasiones, me acuerdo, de países vecinos en los que había Rrom, lo mandaron a buscar para que ayudara a resolver controversias surgidas por allá. Él era una persona ecuánime y tenía el don de la justicia. Siempre dijo que la Kriss Romaní, nuestro sistema normativo, no buscaba la venganza si no recomponer la situación y el equilibrio roto. Siempre buscaba que quien hubiese cometido la falta, la reconociera y pudiera resarcir el daño ocasionado a la persona y a las familias afectadas.

Un día, lo recuerdo con claridad, reunió a los Rrom en su casa y los conminó a que se respetaran todos los espacios y los trabajos. De manera pedagógica les decía que si eso no se respetaba siempre iba a haber desencuentros y fracturas en las relaciones, con lo cual la desunión se apropiaría de las familias y de las kumpeniyi. Insistía en que esos valores había que transmitirlos a los hijos para que la unidad e integridad de la kumpania se conservara. Recalcó en aquella ocasión la necesidad de seguir creyendo en la Kriss Rromaní y en lo que simboliza y representa. Hizo un llamado aquella tarde a que no se apelara a la ley de la sociedad mayoritaria, puesto que cuando ello sucede se minusvalora y se desconoce la Zakono Rromanó. Hoy mi hermano ya no está conmigo. Siempre he creído que fue un gran pensador. Los que lo conocieron lo recuerdan con mucho aprecio y admiración. Siempre se le echa mucho de menos. ¡Cuánta falta haces, hermano!

Después de sesenta años nos enteramos que están vivos los hermanos de mis padres y que en la actualidad residen en Alemania. Una tía mía está viva, ella nos llamó, yo la escuché por teléfono y quedé sorprendido porque tenía la misma voz que mi mamá. Cuando escucho la voz de ella en el teléfono, me congelo, no puedo hablar porque es la misma voz de mi mamá. En la casa de mi sobrino ponen el altavoz y a mi otro hermano, que es templado de carácter, se le salen las lágrimas.

Mi hermana, la que está en Estados Unidos, cuando vivíamos en las carpas aquí en Colombia, le decía llorando a nuestra madre: “mamá, yo conozco la familia de mi papá, pero de la de usted no conozco a nadie”. Ella me contaba que su familia vivía en Colonia, Alemania. Nosotros estuvimos durante mucho tiempo averiguando por esa tía. Mandábamos a preguntar por ella con Rrom que viajaban a Europa, cuando era mas fácil viajar, pues hoy las fronteras son verdaderos muros. Cuando estuvimos viviendo en Argentina, conocimos a Rrom que viajaban allá y que provenían de Alemania, en especial de la referida Colonia. Por ello supimos que algunos familiares de mi padre estaban vivos y que nuestros abuelos habían sido incinerados en los hornos crematorios de los campos de concentración nazis.

Casualmente, hace unos días, apresuradamente entré a la casa de mi hermano. Noté que hablaba muy fuerte, más de lo acostumbrado. Pregunté a su mujer que con quien hablaba y me dijo que con una de sus tías. La conversación me pareció extraña, pues estaba hablando de Alemania. Yo le pregunté de nuevo a mi cuñada y esta vez le inquirí con mayor precisión que con cuál de las tías estaba hablando mi hermano y me respondió con la celeridad de la vitrola, que con la de Alemania. Mi hermano puso el altavoz del teléfono y pude darme cuenta que la conversación fluía y se entendían perfectamente, si bien mi hermano no hablaba alemán ni mi tía hablaba español, y ello era posible porque lo hicieron en rromanés, la lengua nativa de ambos. Fue maravilloso escucharla, saber que estaba viva y que allá también las tradiciones del ZakonoRromanó se conservan. En esa época estaba un amigo de nosotros, un gadyó de Hungría, que hablaba alemán, y él ante la confusión presentada por algunas diferencias en las variantes del rromanés hablado por mi hermano y mi tía, tomó nota y entregó los datos de las direcciones de ambos.

Hoy nosotros queremos visitar a nuestra familia en Alemania. Nosotros como miembros de la vitsao clan Ghusso de Bogotá estamos pidiendo a la Embajada de Alemania en Colombia que se les conceda la visa a miembros del patri grupo familiar y también una ayuda económica, como una suerte de reparación, para ir a visitar a nuestros familiares a quienes no conocemos o, en su defecto, entregar una ayuda para que la familia que está en Alemania venga a Colombia. Este esfuerzo concreto, de cara a nuestro reencuentro, es un acto de mínimo reconocimiento del daño que sufrió el pueblo Rrom a manos de las huestes de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.

El pueblo Rrom, en un parangón con el Holocausto Judío, soportó también el Porrajmos o Samudaripen, configurando un genocidio de grandes proporciones. En Colombia viven Rrom (hijos, hijas, nietos, nietas, biznietos y biznietas) de esa generación que sufrió y padeció una de las persecuciones más sistemáticas y terribles sucedidas en la historia reciente. Es justo en esta hora recordar esta inenarrable tragedia en la que pudieron llegar a morir, en los campos de concentración de la Alemania nazi, alrededor de un millón de Rrom. Los Rrom también fuimos víctimas del nazismo y queremos que se nos reconozca, repare y restaure por los horrendos padecimientos sufridos. Esa deuda sigue pendiente.

Los Recuerdos De Antaño De Lili,

Por: Lili Ghusso

Mis padres llegaron en barco a Colombia y entraron por Cartagena de Indias. Llegaron huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Muchos de mis familiares en Europa murieron en los campos de concentración de los nazis. Los soldados de Hitler entraban en las carpas para robarse todo lo que había, principalmente el oro y las joyas que poseían. Después comenzó la persecución pura y dura contra nuestro pueblo. Es un verdadero milagro que nuestros padres se hayan salvado y también que otros Rrom de esa generación que vivieron en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, hoy se encuentren en América y, en particular, en Colombia.

Soy de la vitsa Ghusso, primo de Tosa y Chaparico. Mi padre y el de Tosa eran hermanos. Yo soy músico, aprendí a tocar el acordeón de forma autodidacta. Soy autodidacta por afición y por convicción. Me gusta leer mucho. Los Rrom no dejan de serlo por estudiar. Yo soy un anciano y hay una educación Rrom propia que nos permite discernir lo bueno de lo malo, lo puro de lo impuro. Durante toda la vida he estudiado diferentes áreas. Hay que cultivar la mente y el alma. Vivimos muchas experiencias, como la de la vida, la cual, sin duda, es una gran escuela. Tuve cinco conjuntos musicales y toqué en muchas fiestas, Mis nietos heredaron esa vena artística y musical.

Cuando llegamos a Colombia los carros eran muy pocos. Los Rrom nos transportábamos en mulas. Era muy difícil llegar a los pueblos y a los caseríos, ya que los caminos eran muy difíciles y complicados. Era toda una pasión para los Rrom, hombres y mujeres, ir de un lado para el otro, en una suerte de eterno peregrinar. Pese a las dificultades, se podía andar, conocer el país. Pienso que los Rrom conocemos como nadie la geografía del país ya que hemos recorrido los más recónditos y remotos lugares. Mientras en gran parte del país, la gente es sedentaria, mi pueblo vivía de poblado en poblado, de caserío en caserío. Conocíamos los territorios de la Colombia profunda. Además, servíamos de medio de comunicación: enterábamos a la gente de un lado acerca de lo que acontecía en el otro. Así fue hasta que la violencia y el conflicto armado, por una parte, y los medios de comunicación y de transporte, por la otra, nos arrebataron ese privilegio.

El recuerdo más hermoso que tengo de nuestras vivencias pasadas era la manera como a eso de las nueve de la noche, la carpa empezaba a ser cubierta por una espesa neblina y en el mástil de la misma poníamos una lámpara. Yo me hacía lejos sólo para observar cómo se veía la carpa iluminada; aquello era majestuoso, de ensueño. Ver la carpa llena de colores y rodeada de bruma era un espectáculo mágico. A medida que se adentraba la noche el silencio nos invadía y yo observaba como en medio de la niebla se hacía una fogata con leña y los Rrom se sentaban en círculo a su alrededor. Sobre el pasto húmedo a veces un tambor o un acordeón rompían el hondo y crudo silencio.

Así, el pasado reaparecía encarnado en bellas melodías cargadas de sentimientos. Las canciones muchas veces las utilizábamos para curar; ellas tenían un poder sanador y muchas mujeres curaban mediante cantos. Nuestra presencia no pasaba inadvertida en ningún sitio por el que pasábamos o al que llegábamos. La gente curiosa venía a ver como vivíamos, como trabajábamos y mientras tanto nuestras mujeres aprovechaban para decirle la buenaventura, leerle la mano, a los curiosos visitantes de la carpa.

Cuando llegábamos a un pueblo nos ubicábamos en un campo limpio, sin contaminación; pedíamos permiso y nos instalábamos. La gente gritaba: “llegaron los gitanos, llegaron los gitanos”. La gente charlaba con nosotros y por lo general nos hacíamos amigos del alcalde. A todas las personas que llegaban a nuestro campamento siempre las recibíamos bien y les dábamos chayo (té). Por lo regular estábamos tres meses o un poco menos en un sitio y luego nos íbamos para otro. Siempre viajábamos grupos de familias, la gente nos recibía muy bien. Cuando nos íbamos del pueblo, en el lugar donde habíamos instalado el campamento quedaba una soledad muy grande y los amigos que habíamos hecho durante ese tiempo se quedaban muy tristes. Los Rrom llenábamos los pueblos de alegría con nuestra inconfundible bulla y partíamos de nuevo con nuestros carromatos a recorrer los caminos para buscar un nuevo lugar donde acampar, donde hacer amigos y continuar con nuestro eterno viajar.

Por PRORROM (Proceso Organizativo del Pueblo Rrom)
Imagen de: Lorenzo Armendáriz García
El Orejiverde agradece a Juan Carlos Gamboa Martínez, asesor del Proceso Organizativo del Pueblo Rrom de Colombia, por compartir este importante documento.
Fuente: Ana Dalila Gómez Baos& Sandro Cristo González (Coordinadores) (2008). Le paramići le romengekay bes en akana ando o Bogotá.
Fortalecimiento y recuperación de la tradición oral de la kumpania de Bogotá a través de cuentos, mitos, leyendas y música. Alcaldía Mayor de Bogotá, D.C., Proceso Organizativo del Pueblo Rrom (Gitano) de Colombia (PRORROM). Bogotá, D.C. [172p.].
Fecha: 12/05/2020

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