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Hace 4500 años, en la costa norte del Perú, se levantaba el primer centro ceremonial de América. En una entrevista con El Orejiverde, su descubridor, el arqueólogo Ignacio Alva Meneses, no duda en calificar el sitio como “la cuna de las civilización andina”.

El santuario de Ventarrón (2556 a.C) y la ciudad de Caral (2600 a.C.), en Perú, son los centros urbanos más antiguos de América. Ambos centros se hallan a corta distancia de la costa y coinciden en varios puntos: fuerte relación con el mar, proveedor de alimentos; cultivo y procesamiento del algodón, e intenso intercambio comercial con otras regiones de Perú y Ecuador.

El sitio de Ventarrón, sin embargo, presenta características propias, que lo convierten, a entender de los expertos, en la cuna de las culturas de la costa norte, dominada, muy posteriormente, por las poderosas etnias moche y chimú.

“Ventarrón –precisa Alva Meneses, arqueólogo descubrió y luego excavó el sitio- es un centro ceremonial con un templo central ubicado al pie de un cerro que, en el medio y equidistante de otros dos, forman una tríada que semeja la disposición de las estrellas del cinturón de Orión. Es probable que esto haya despertado una importante connotación simbólica: ser el lugar, en una región amplísima de América, que coincide con el centro del firmamento, convirtiendo al templo en el centro del mundo”. El templo disponía, además, de una vista abarcativa sobre el valle de Lambayeque, en el norte de Perú, y fue la primera manifestación de arquitectura monumental de toda América.

“Hubo diez fases de ocupación en un lapso de 1000 años -agrega Alva Meneses- en las que el templo se remodeló y amplió mediante la superposición de construcciones, pero siempre con una plataforma central y un fogón ceremonial. Estas modificaciones reflejaron el desarrollo social y político de este pueblo a lo largo del tiempo”

Un desarrollo se enriquece con la presencia de decoraciones murales, pinturas y relieves, que no solo son las obras de arte más antiguas del continente, sino que inauguran, por un lado, el espectro de símbolos que perdurará por milenios en la cultura indígena de la región y, por otro, importantes avances tecnológicos al servicio del culto y el control los ciclos estacionales.

Al principio fue el matriarcado

¿Cómo nace un sitio como Ventarrón, que llegó a ocupar una superficie de 2500 m2, en una época en que la población vivía en chozas apenas agrupadas en aldeas dispersas?

“Es por la gran revolución de la textilería del algodón que surgen estos centros ceremoniales –explica nuestro entrevistado- pues se hace necesaria una organización de los cultivos y la manufactura de la fibra, como también el culto a los elementos primordiales dado que todavía no había dioses. Es así como nace el culto al fuego”

En efecto, ya en la fase más antigua del templo, la plataforma central está ocupada por un trono único y un fogón circular a cuyo lado hay un relieve de dos peces, uno mirando hacia el cielo, y el otro hacia abajo, en un cuadro de balance y reciprocidad entre lo que sube, la ofrenda, y lo que baja, lo que se otorga, a cambio. Con la presencia de lo marino y el fuego como facilitador.

Al costado del trono se descubrió otro relieve, el de una zarigüeya, un prolífico roedor americano que carga sus crías en una bolsa sobre el vientre. Reproducción de la vida, fertilidad, cultivo y tierra es la cadena de sentidos que llevó a asociar este trono único con la tierra, el cuarto elemento, y lo femenino que da la vida. Y a intuir que esa autoridad un gidaen ese“asiento del primer gobernante de Lambayeque”, pudo ser una mujer y el matriarcado el sistema de la autoridad imperante.

Las primeras pinturas murales del continente

En la siguiente etapa de construcción, (2000 a.C), el templo aparece notablemente ampliado. La plataforma central se presenta ahora en dos grandes escalones a modo de tarimas sucesivas, donde se despliega una larga banqueta sugiriendo que la autoridad era ejercida por varias personas. Asimismo, enmarcando los extremos de la tarima inferior, aparecen dos muretes con pinturas que, al mostrar las figuras de venados atrapados en redes, permiten pensar en una exaltación de la cacería, tarea masculina por excelencia y en un poder ejercido por hombres.Es la pintura mural figurativa más antigua del continente. El espacio femenino, en tanto, estaría ubicado en salas más pequeñas con funciones equivalentes y paralelas a las del salón principal.Circundado por un muro pintado exteriormente de rojo con una banda blanca en zigzag, el recinto cuenta con una chimenea de forma escalonada que prefigura la imagen de la chacana, la cruz cuatripartita, emblema sustancial del pensamiento andino.

El acceso al templo, un portal de 3 m de ancho¸ contaba con un umbral que señalaba el acceso al espacio sagrado, así como una sorprendente viga rectangular de 85 cm de lado, construida en barro compactado (aún no se conocía el adobe) y cubriendo esta abertura sin ningún soporte interno. Su función probablemente consistió marcar, con el desplazamiento de su sombra, los equinoccios y solsticios que regulan la vida agrícola.

“Lamentablemente –explica Alva Meneses- las construcciones posteriores fueron erosionadas por las lluvias y el viento. Sin embargo, ya en estos niveles encontramos evidencias de un momento fundacional de la cultura norperuana: gracias la textilería del algodón se produce la concentración humana en un lugar que irradia la idea de centro por sus características paisajísticas y por la aparición de una simbología que perdurará hasta el presente, como la dualidad o el uso de los colores, especialmente el rojo y el blanco, además de murales que van más allá de los clásicos círculos y rombos, expresando figurativamente la relación con la naturaleza. Es una arquitectura de barro donde se va marcando una creciente complejidad social y la armonía, a través del ritual, con los tres niveles del cosmos y los cuatro elementos. ”

Si bien el sitio fue intrusado repetidamente con tumbas en períodos posteriores, al excavarse las laderas donde se apoya el templo, un sinnúmero de templos más pequeños, pero aún así monumentales, vieron la luz para señalar la grandiosidad del sitio en su momento de esplendor. Para los expertos, esto indicaría la presencia de autoridades de rango y la posible organización territorial en una confederación.

Es de lamentar que, debido a la quema de campos para la siembra de caña de azúcar y la poca custodia asignada luego de la excavación, Ventarrón y su rico testimonio fuera arrasado por el fuego en 2015. En proceso de restauración, el sitio aún vale por su significado: ser la cuna de obras y conceptos que marcaron, hace 4500 años, el inicio de la civilización andina.

Por María Ester Nostro
Fuentes: Entrevista personal al arqueólogo peruano Ignacio Alva Meneses. Ignacio Alva Meneses. Ventarrón y Collud. Origen y auge de la civilización en la costa norte del Perú. Edit Súper Gráfica. 2013. Lima
Fecha: 17/6/2019

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