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Una propuesta desde la oralidad, la lectura y la escritura en territorio comunitario para restituir los hermanamientos naturales y abandonar lo que nos enferma o enajena

Hace unos meses, caminando hacia la lejana comunidad de Yunchaco –cerca de donde el caudaloso Marañón se abraza con otros ríos para formar el Amazonas–, nos detuvimos porque una larga caravana de hormigas cargadas de hojas, palitos y granos, atravesaba la senda. Maiquito, el niño campesino que nos guiaba, dijo, rotundo:
– Más tarde va a llover.
– ¿Cómo lo sabes? –le pregunté.
– ¿No lo ves? Las hormigas nos están avisando.
Miré a las hormigas y la verdad es que no escuché nada; miré al cielo y no vi una sola nube.
Unas horas después, el cielo se preñó de nubarrones y el aguacero se desató tal como las hormigas habían dicho.
Cuando se lo conté a César Burga, el comunero bibliotecario y padre de Maiquito, me preguntó:
– ¿Vos no sentiste además el calor que avisa la lluvia?
– ¿Te refieres al “sol de lluvia”? –le repregunté.
– No –me explicó, clemente–: es el calorcito que uno mismo siente sabiendo que va a llover.

Esa tarde escribí en mi libreta de campo: “Estamos también perdiendo la capacidad de leernos a nosotros mismos. Felizmente las hormigas no van a la escuela: para aprender hay que acechar y asombrarse siempre. La tierra no escatima enseñares. No hay más camino que esta juntura, generosa y fértil, de todos con todo, entre todos, por todo. En este país, los que más recuerdan son los más olvidados”.

Muchas veces, cuando se escuchan o se leen relatos como este, el intelecto emite casi mecánicamente palabras como “indígenas”, “folklore”, “creencias”, “mentalidad pre lógica”, “costumbres”, “arcaísmos”, “supersticiones”, etc. Todas esas palabras llevan implícita una carga descalificadora, la impronta de la minusvalía. Las palabras adoptan una pose guillotinesca, la autoridad grisácea de la academia, la superioridad cerebral del instruido. No es que de por sí las palabras sean cercenadoras, pero en determinado estrato han asumido el rango arbitrario del estereotipo.

¿Por qué las sensaciones se adscriben a lo primitivo y lo racional a lo civilizado? Es decir, ¿por qué la razón goza de la autoridad que los afectos carecen?, ¿en qué momento la percepción del entorno sucumbe frente a la descripción abstracta?, ¿cuándo es que los parentescos territoriales se allanaron para dar paso a los mapas conceptuales?, ¿cómo es que las comuniones pueden ser sustraídas por los inventarios y las filiaciones claudican ante lo contractual?, ¿no será que miramos las cuadraturas de la televisión y las computadoras, con tal acatamiento, que terminamos volviéndonos sus espejos, que cada vez más nos desnaturalizamos?

No pretendo contestar ahora mis propias preguntas y quizá tampoco se trata de aspirar a encontrar la punta de la madeja, pero en el afán de redecir, repintar, re-danzar o re-escribir nuestra propia historia, seguramente nos urge columbrar los entramados de este tejido que nos abriga y nos desnuda constantemente. Porque los afectos y sus manifestaciones no tienen que seguir siendo sinónimos de atraso ni las antiguas sapiencias emanaciones de ignorancia. Tenemos que dejar de ver el llamado animismo como una graciosa concesión humanizante hacia la pobre y des-valida naturaleza: si ella no fuese quien es, nosotros no seríamos quienes somos.

El gran problema es que –en los tiempos que van– también nos están arrancando las páginas de la comarca. No sólo se están descuajando las páginas de este libro prodigioso que es la tierra, sino que como autómatas pasamos a hablar el idioma de la ausencia, de la mudez, de la premura, de la querella.

Y este des-vínculo no es de índole metafísico: a mediados de octubre de este año, la FAO emitió un informe en el que estima que para el 2030 podría haber entre 35 y 122 millones más de personas sumidas en la pobreza por efectos de la destrucción ambiental. Y a fines de octubre, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) lanzó la alarma que la vida silvestre en el mundo se ha reducido en un 58% desde 1970. “Las principales causas –señala este informe– son la actividad humana, como la ocupación del hábitat de las especies, el comercio de animales silvestres, la contaminación provocada por las actividades industriales y el cambio climático que afecta a la Tierra”.

No son, pues, los irracionales y salvajes incivilizados los que han llevado al mundo al borde del colapso. Cuando el territorio deja de ser el equilibrio concordante de lo de adentro con lo de afuera –la consonancia de sentimientos articulados y las sensaciones armonizadas–, la destrucción de las voces y el saqueo sin límites pueden ser irreversibles.

Lo que enferma o enajena a un individuo y a una sociedad es la ruptura de estos sentidos territoriales básicos y urge, entonces, desbloquear la obstrucción perceptiva de los vínculos, restituyendo los hermanamientos naturales. Porque el territorio no es un espejismo delirante. Y leer la letra no tiene que enmudecer al mundo que nos habita y que nos circunda.

Quizá el problema no es que la cosificación del mundo esté en el fundamento de los discursos hegemónicos, sino el nivel de asimilación que las personas y las comunidades tengamos de este concepto y sus consecuentes prácticas depredadoras.

De estos y otros temas hablé en aquella conferencia, de la sabiduría comunitaria y las tradiciones orales, acercando el recuerdo de su abuela campesina y narradora, que era analfabeta, hablé también del “cruento desencuentro” de Cajamarca, cuando el Inca Atahualpa arrojó al suelo el breviario ofrecido por el cura Valverde, que le valió a Pizarro desatar la masacre, hablé de la barbarie occidental, del padecimiento de los pueblos indígenas libres, de la importancia de la lectura, donde entre otras cuestiones afirmé que “una cosa es aprender el mecanismo del abecedario y otra la inspiración de su armadura. Un lector, lo que se llama lector, es per se, más que antihegemónico: es no hegemónico. Es decir, escapa y no legitima la cárcel imperial. Leer es la lima que asierra los barrotes de las trampas oscurantistas y las celdas colonizadoras”.

Se recomienda la lectura completa en el documento anexo, titulado “La tierra cuenta: oralidad, lectura y escritura en territorio comunitario”, conferencia brindada recientemente en Medellín, sobre lectura, escritura y oralidad, en el marco de un proceso de reformulación del Plan de Lectura por parte de la Academia, Ciudadanía y la Secretaría de Cultura Ciudadana de Colombia.

Por Alfredo Mires Ortiz, Bibliotecas Rurales de Cajamarca.

Fuente:
Bibliotecas rurales de Cajamarca
http://bibliotecasruralescajamarca.blogspot.com.ar/2016/12/medellin-plan-ciudadano-de-lectura.html
Fecha: 14/12/2016

Notas relacionadas:
La magia de la tradición oral andina, 21 de septiembre 2016
Reescribir la historia, 14 de marzo 2016
Cambio climático y conocimiento andino en Cajamarca, 24 de noviembre 2015
Nunca pensé que los libros podían hablar como nosotros , 15 de septiembre 2015

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